Un abrazo para empezar el año

Quizá no somos del todo conscientes de la trascendencia que a veces puede tener un gesto hecho de modo espontáneo, desinteresadamente. Por ejemplo, abrazar. Nos gusta abrazar y que nos abracen, pues con ese sencillo movimiento de los brazos estamos diciendo muchas frases sin palabras. Hay momentos, sin embargo, en que esos abrazos, dependiendo de dónde y a quién se ofrezcan,  pueden tener una significación más honda de lo que suponemos, de lo que apreciamos en la vida cotidiana.

Reproducimos aquí un artículo aparecido en el último número de La voz del Mako, la revista que editan los internos del Centro Penitenciario de Albolote, y que nos incumbe directamente. Está escrito por un miembro activo de uno de los clubes de lectura que Entrelibros sostiene allí, y en él se hace una reflexión conmovedora e intensa, válida para cualquier ámbito y no solo para el penitenciario, sobre el valor de los afectos. A nosotros nos recuerda la importancia de los gestos que preceden y dan cierre a una lectura.

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El abrazo
Sabemos que nos podemos comunicar de muchas maneras. Ustedes pueden leer lo que nosotros escribimos, escuchar las palabras que pronunciamos, oír la risa y el llanto, mirar la expresión de un rostro, observar las acciones que realizamos, y sentir un abrazo. Podemos decir que al hacer cualquiera de estas acciones estamos estableciendo contacto, pero lo cierto es que en realidad sólo el abrazo es el único verdadero contacto. 

Cuando perdemos la libertad no solo perdemos la libertad de movimiento, perdemos muchas cosas más, entre ellas, el contacto físico. En prisión el abrazo prácticamente desaparece y aunque no nos percatemos, esa falta nos afecta. Podríamos robar parcialmente el refrán que dice que una fotografía vale más que mil palabras, al sustituir una palabra y decir: «Un abrazo vale más que mil palabras».

Por encima de los elementos verbales, visuales o inclusive olfatorios, el abrazo establece el contacto más directo, real y significativo de nuestras relaciones. Por desgracia, y casi sin advertirlo, si ya antes de entrar en prisión nos habíamos vuelto menos táctiles, más y más distantes, ahora en prisión, donde cada gesto llega a tener un significado propio, nos encontramos con que la ausencia de ese contacto físico viene acompañada de un alejamiento emocional.

Esta reflexión no quiere decir que me haya vuelto en experto en la observación del análisis del comportamiento del ser humano. Solo me he impuesto la tarea de observar lo que hacemos todos, incluyéndome. No me refiero a lo que decimos, o a lo que decimos que hacemos, sino lo que hacemos y mostramos en realidad. El método es bastante sencillo: simplemente mirar.

Todo esto viene a cuento porque el año pasado pasé a formar parte del Club de Lectura de la Asociación Entrelibros dedicada a fomentar la lectura y la literatura en este centro. A través de Entrelibros conocí a Irene, Liz, Andrea y Juan Mata. Recuerdo que lo primero que me regalaron fue un generoso abrazo, un contacto  que se ha repetido, cariñoso, cada vez que nos visitan. Observo cómo cada vez que vienen no solo vienen cargados de libros para leer y de sabiduría para compartir, sino que vienen cargados de abrazos para todos.

Y me pregunto: ¿Cómo agradecerles ese cariño que nos transmiten en cada abrazo?

El ser humano en prisión sigue siendo una especie sociable, capaz de amar y de ser amado. Un simple cazador tribal por evolución, que se encuentra rodeado de muros por todas partes y que se defiende encerrándose en sí mismo.

En esta retirada emocional, muchos cierran las puertas incluso a los seres más próximos y que muchas veces son los más queridos, hasta que se encuentran solos en medio de la multitud. Incapaces de salir en busca de apoyo emocional, algunos se vuelven más tensos, irritables y hasta violentos. Impulsados a abroquelarse por su propia soledad, llegan a un estado en el que todo contacto les parece repelente, en que tocar o ser tocado significará herir o ser herido.

Hambrientos de contacto y de consuelo, buscamos sustitutivos del cariño y del amor. Hasta cierto punto, nuestra capacidad de adaptación a este medio puede causar nuestra ruina social, pues después de vivir y sobrevivir en tan espantosas condiciones emocionales, al volver a la libertad, en vez de detenernos continuaremos luchando, porque así hemos combatido en nuestro penitenciario mundo urbano, alejándonos cada vez más del estado de acercamiento imprescindible para llevar relaciones satisfactorias.

Recuerdo las primeras veces que salieron en los telediarios las imágenes de algunas personas en la calle que llevaban colgado del cuello un pequeño cartel que ofrecía «Abrazos Gratis». Lo que causaba noticia era la cantidad de gente que se detenía para recibir un abrazo de una persona totalmente desconocida, lo que evidencia la necesidad humana de sentir el contacto directo de un abrazo.

Cuánto más fácil no sería todo, si aceptásemos el hecho de que un amor tierno, una amistad y un apretón no es signo de debilidad, propio de niños y jóvenes enamorados, y volviésemos de vez en cuando, mágicamente a extender los brazos para ofrecer un abrazo cariñoso.

Por mi parte me siento agradecido a esas almas de Entrelibros que nos traen letras, cariño y un abrazo.

Gracias. 

J. R. S.
Módulo 13
Niños abrazándose ante la escultura Besarkada XIV (Abrazo XIV), de Eduardo Chillida.
(Fot. Mata – Villarrubia)

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