El poema se hace música

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Después del verano retomamos los clubes de lectura en el centro penitenciario de Albolote. Este año ha habido una renovación importante del grupo de mujeres, se han incorporado personas de diferentes edades y procedencia. Es un grupo plural donde impera el respeto y el interés común por la lectura.

Aunque no es frecuente, acude por primera vez M., una mujer que no sabe leer. Es de etnia gitana y no muy joven ya.

Una semana antes habíamos hecho la apertura del curso con un acto de música y poesía en torno a Miguel Hernández, Federico García Lorca y Alfonsina Storni. Un grupo de internos interpretó canciones y las voluntarias de Entrelibros leímos poemas. El salón de actos de la prisión estuvo lleno y los asistentes disfrutaron con la música y la poesía. Y allí, entre el público, estuvo M. Nosotras aún no la conocíamos y no la vimos, ella a nosotras sí.

El miércoles siguiente M. acudió a nuestro encuentro semanal. Y se presentó diciendo que había sentido deseo de incorporarse al grupo de lectura tras escuchar las Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández, que Andrea leyó. Le sorprendió tanto ese poema que había tomado la decisión de acercarse al espacio donde se hablaba de aquellas cosas. Le dimos la bienvenida y Andrea leyó de nuevo el poema, y mientras lo escuchaba, M. repetía emocionada “qué bonito”, en voz baja, para no interrumpir.

Al acabar la lectura nos explicó que a ella le gustaría musicar esa letra, con flamenco. “Mira cómo sube y cómo baja”, decía mientras escuchaba los versos, moviendo con ritmo el cuerpo y las manos, casi bailando sentada. Como Camarón, dijo, y ahí sí cantó Camina y dime, por tarantos, tristes como las nanas.  Eso es lo que puede ocurrir si escuchas un poema hermoso e intenso y además tienes la música dentro, como le ocurrió a M., que las palabras penetran hasta lo más hondo del ser y revuelven los sustratos de la vida.

Pensé de nuevo en el poder que tiene la poesía, la palabra leída en voz alta y escuchada libremente, sin prejuicios. M., que nunca había escuchado el nombre de Miguel Hernández, que no sabía nada de su vida ni de su obra, se había abandonado a la voz que daba sentido y ritmo a aquel poema. Y se había sentido hasta tal punto cautivada que había dado el paso, nada fácil para ella como es fácil imaginar, de ir a la fuente de aquellas emociones. Y allí se sentó y allí sigue.

La presencia de M. en el grupo de lectura me hace recordar los pensamientos y las emociones que expresan las mujeres cada miércoles cuando escuchan los poemas, en cómo los asocian a sus alegrías, tristezas, preocupaciones y sueños, en el agradecimiento que manifiestan siempre por poder vivir esas experiencias.

Ana