Encuentros y reencuentros

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He vuelto después de un año a las lecturas en Oncología Pediátrica del Hospital Materno Infantil de Granada. El año pasado, por circunstancias personales, no pude asistir al encuentro de los martes con los niños hospitalizados allí. Los he recordado continuamente y he sabido de algunos de ellos por mis compañeras de lecturas. Sé que algunos fueron dados de alta y no tienen que volver, pero también que a otros ya no los volveré a ver. Los tengo en mi memoria, risueños y felices cuando veían los libros cada martes, refugiados en las narraciones compartidas, ajenos temporalmente a su sufrimiento. Comprobar que, gracias al lenguaje poético y al ensueño, su estancia en el hospital puede volverse más luminosa y alegre durante unos minutos sigue siendo nuestra mayor recompensa.

Este año he conocido a J. A. que, con tres años, me mira con unos inmensos ojos agradecidos cuando me ve entrar en su habitación cargada de libros. Estoy segura de que el primer día pensó que aquella extraña iría a pincharle o a hacerle daño. Pronto sin embargo me gané su confianza con las infalibles historias de El señor Coc. Fue dejándose llevar con los juegos propuestos y participó en todo lo que el libro le planteaba. Al final de ese primer día no quería que me fuese y me pidió una y otra vez oír los sonidos de los animales que, con su pequeño dedo, pulsaba en otro de los libros y que él repetía feliz. Me despedí hasta la semana siguiente con un beso lanzado con los dedos y con cosquillas en los pies y, cuando estaba a punto de salir de la habitación, escuché una vocecilla diciéndole a su padre, que había presenciado satisfecho las lecturas: “Me gustan los libros”. Esa frase difícilmente se me olvidará porque confirmaba que, incluso en la habitación de un hospital, si el ambiente es propicio los niños pueden establecer profundos vínculos afectivos con los lectores y los libros.   

Hace dos semanas me reencontré en el mismo lugar con J., al que hace ya dos años le leía historia tras historia y nunca se cansaba. Ahora tiene once años, pero desde los nueve en que empecé a leerle siempre ha mostrado una madurez sorprendente. Han sido muchos los libros leídos en su habitación y el otro día, tras la lectura de un cuento popular ruso titulado Las tres preguntas, dijo de pronto: “Hace dos años me leíste leyendas de Ulises y la Odisea y me gustaron tanto que les pedí a mis padres que me compraran todos los libros en los que aparecen esos mitos y me los he leído todos”. No hizo falta preguntarle si le habían gustado. Era evidente que la chispa de aquellas lecturas había prendido en él. El atractivo de las leyendas y los mitos en esas edades es muy grande, lo sabemos. La historia de Ulises y las aventuras que tiene con los Lotófagos, los Cíclopes, Polifemo, los Lestrigones, Circe, las Sirenas, Nausicaa… sigue atrapando a niños y adolescentes que, al igual que Odiseo, realizan su viaje en la vida. Para mí lo más conmovedor fue saber que lo había descubierto en el hospital y gracias a nuestras lecturas.

Las dos historias que acabo de contar son parte de la experiencia de una lectora en voz alta que sabe que sus oyentes asocian la lectura de los martes con momentos de alegría, conocimiento y sorpresa, con la oportunidad de expresar y compartir pensamientos y emociones  al borde de una cama de hospital.
Andrea